✍🏻: Andrés Ramírez
Desde hormigas mieleras, hasta tamarindo enchilados. Los dulces en México son el claro ejemplo de la fusión cultural y el disfrute que nos caracteriza
Mucho antes de que el azúcar llegara a América, ya existía un gusto por lo dulce. Existe un mito que cuenta que, en la época prehispánica, los niños se comían unas hormigas que transportaban néctar en su abdomen. Estas eran conocidas como necuazcatl, o hormigas mieleras, y creen que fueron los primeros dulces mexicanos.
Dulce antiguo
Además, la miel era un alimento de suma importancia en el continente; ya fuera sola, mezclada con algún alimento como el amaranto o el panal asado, siempre estaba presente en la dieta de las diferentes culturas. En estos tiempos, el dulce se obtenía por medios naturales; además de la miel, también consumían la penca de maguey cocida, que al morderla extraían sus jugos dulces.

Con la llegada de los españoles a América, llegaron un sinfín de productos completamente nuevos para los locales. Uno de estos fue la caña de azúcar, la cual marcó un punto de quiebre, dejando de ser algo lujoso para convertirse en algo cotidiano.
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Los sabores cambiaron, las preparaciones se transformaron y la forma de percibir los alimentos nunca volvió a ser igual. El azúcar abrió un camino que dio paso a una nueva tradición que fusiona las raíces prehispánicas con la esencia occidental, dando inicio a un verdadero mestizaje culinario.
Dulces conventuales
Una vez que los plantíos de caña se establecieron en la Nueva España, los conventos empezaron a emplear el azúcar como un ingrediente más de su cocina. Los conventos de Santa Clara y San Bernardo se convirtieron en una referencia, haciendo creaciones auténticas e innovadoras para su época.

Las monjas experimentaban con ingredientes locales y occidentales, creando recetas únicas que se convirtieron en emblemas para nuestro país. Puebla destacó por la sofisticación y variedad de dulces conventuales. Estos se ofrecían en fiestas, como regalo, en ceremonias religiosas o en forma de figuritas para festividades.

Cada dulce guarda una historia y tiene su propia personalidad, con sabores que van desde lo cremoso y suave hasta lo ácido y picante. Aquí te contamos de algunos que tienes que probar, si aún no lo has hecho.
Jamoncillo
Es dulce y cremoso; podría recordar un poco al dulce de leche, sin embargo, este es firme y tiene notas a vainilla. Al momento de morderlo, sentirás cómo se deshace en tu boca.
Cocadas
Depende de dónde las comas, su textura puede ser crujiente o suave. Tienen un sabor cremoso que recuerda a la mantequilla. El sabor a coco es imprescindible, llenando tus sentidos de gusto tropical.
Alegrías
Con origen desde la época prehispánica, estas también son consideradas el primer dulce mexicano. Son ligeras y crujientes, con un sabor intenso a miel, pero sin ser empalagosas.
Tamarindos
Probablemente el dulce más representativo de México; este es ácido, dulce y picante. Es una explosión de sabores en tu boca, donde podrás probar la pulpa de la fruta, el picor del chile y un toque salado.

Palanquetas
Duras, crujientes y muy simples, pero deliciosas. Estas solo tienen dos ingredientes: cacahuates y azúcar. La magia está en el dorado del caramelo y el tostado del cacahuate, dos detalles que cambian por completo la experiencia.
Borrachitos
Su textura es una mezcla entre esponjosa y húmeda. Combinan el dulzor del azúcar que los cubre con un toque de licor, dejando un tenue calor en la boca. Una experiencia diferente que te remontará a una fiesta.
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Los dulces mexicanos van más allá de una simple receta; representan memoria, identidad y celebración. Tienen un simbolismo cultural muy importante, estando presentes en ofrendas, ferias, fiestas patronales y bodas, acompañándonos en los momentos importantes de la vida. Cada uno guarda una historia en su sabor y representa la herencia de nuestros antepasados. Los dulces mexicanos nos recuerdan que nuestra identidad también se saborea.
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