Una nueva etiqueta llega para trasmitir la esencia de Casa de Quesada
En Santa María Gallardo, en el centro – norte del país, se encuentra Casa de Quesada, un proyecto familiar que ha ido tomando forma con calma hasta convertirse en una de las propuestas más consistentes dentro del vino mexicano contemporáneo. Desde ahí, en una región cuya relación con la vid se vuelve cada vez más clara, la bodega ha construido su camino con una idea sencilla: trabajar desde el origen, con atención al detalle y una mirada paciente.

Al frente están Patricio de Quesada y Aidé Jiménez, quienes han optado por mantener producciones pequeñas para acompañar de cerca cada etapa del proceso. Esa escala permite decisiones más cuidadas y una forma de trabajo donde lo artesanal no es discurso, sino práctica cotidiana. De ahí surgen vinos con una identidad clara, sin prisas por parecer otra cosa.

Esa forma de entender el vino se concentra en Épico, su etiqueta insignia. Su presentación en Blanco Castelar tomó la forma de una cata a ciegas frente a vinos internacionales. La sesión fue guiada por los sommeliers Luis Armando García y Ricardo Espíndola, quienes plantearon un ejercicio de comparación directa, sin concesiones.
En ese contexto, Épico se sostuvo con naturalidad. Es un ensamble bordelés de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot, con 20 meses en roble francés. En copa se muestra amplio y bien armado, con notas de frutos negros, cacao y café, y una estructura que avanza con equilibrio.
Pero más allá de lo que dice en nariz y boca, el vino refleja la manera en que trabaja la bodega. En Casa de Quesada hay una intención constante de contrastar sus vinos con otras referencias, de someterlos a concursos y evaluaciones externas. Las medallas, en ese sentido, no funcionan como punto de llegada, sino como parte de un proceso que les permite afinar y seguir ajustando.
Esa apertura, ese interés por compararse y escuchar otras miradas, ha marcado su crecimiento. Más que fijar una idea cerrada de lo que debe ser su vino, el proyecto avanza a partir del diálogo y la revisión constante.
En Épico se reconoce todo eso: una historia familiar, una forma de trabajo precisa y una intención clara de situarse dentro de la conversación del vino, desde México.
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