Figura clave en la transformación del vino contemporáneo, encontró en Argentina un territorio cercano, casi propio, al que volvió durante décadas
La noticia empezó a circular casi en voz baja, pero no tardó en expandirse entre bodegas, sommeliers y gente del vino: murió Michel Rolland. Tenía 78 años y seguía trabajando, con ese impulso que lo mantuvo activo durante décadas, siempre entre cosechas, viajes y proyectos.
Nació en Libourne, en Burdeos, en una familia donde el vino no era un oficio lejano sino parte de lo cotidiano. Con los años llevó ese origen mucho más lejos. Fue de los primeros enólogos en moverse sin pausa entre hemisferios, trabajando vendimias en distintos países, entendiendo cada lugar desde la práctica, no desde la teoría.

Su nombre empezó a aparecer en bodegas de todo el mundo, pero más que una firma, lo que dejó fue una manera de hacer. Vinos más abiertos, más expresivos, pensados también para quien los bebe y no solo para quien los produce. Esa forma de trabajar generó entusiasmo y también discusión. A él nunca pareció incomodarle demasiado.
Argentina fue otra cosa. No un destino más. Llegó a finales de los ochenta y encontró algo que lo hizo volver una y otra vez. En Mendoza y en Cafayate trabajó en proyectos que hoy son referencia, como Clos de los Siete o Yacochuya. Pero más allá de las etiquetas, lo que construyó fue una relación sostenida en el tiempo. Tenía casa, amigos, costumbres. Volvía cada año.

También vio en el Malbec algo que no todos veían entonces. Apostó por esa uva que había nacido en su Francia natal y que en suelo argentino encontró otra voz. En parte gracias a miradas como la suya, el Malbec terminó por volverse una carta de presentación del país hacia el mundo.
En sus últimos años redujo el ritmo de viajes, pero no dejó de trabajar. Seguía cerca del vino, que era su forma de estar en el mundo.
Hablar de su legado no es tan sencillo como enumerar proyectos. Está en muchas botellas, sí, pero también en una forma de entender el oficio. En la idea de que el vino puede viajar, cambiar, dialogar con distintos lugares sin perder del todo su origen.
Su muerte cierra una trayectoria larga, inquieta, difícil de encasillar. Y deja algo que se va a seguir sintiendo, aunque no siempre sea fácil de nombrar.
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