De Kentucky a México, Ricardo Cortizo, The Spirit Storyteller, recorre las historias, personajes y reglas que dieron forma a uno de los grandes destilados estadounidenses.
Por Arturo Velázquez.
Hablar de bourbon es hablar de maíz, madera, fuego y tiempo, pero también de migraciones, frontera y personajes que transformaron un sencillo whiskey agrícola en uno de los grandes símbolos de Estados Unidos.
Durante el volúmen 01 de su masterclass, Ricardo Cortizo, The Spirit Storyteller, recorrió algunos de los capítulos esenciales de esta bebida, desde los primeros destiladores de Kentucky hasta una sorprendente conexión con México.

A finales del siglo XVIII, colonos europeos encontraron en Kentucky condiciones ideales para destilar whiskey utilizando el abundante maíz de la región. Con los años, la combinación de cereal y almacenamiento en madera comenzó a construir una identidad propia que terminaría siendo reconocida oficialmente en 1964, cuando el Congreso estadounidense declaró al bourbon un “producto distintivo de Estados Unidos”.
Sin embargo, uno de sus episodios más fascinantes ocurrió durante la Prohibición.
En la década de 1920, la empresaria Mary Dowling, vinculada a Waterfill & Frazier, trasladó parte de su operación desde Kentucky hasta Ciudad Juárez, Chihuahua, donde podía continuar produciendo legalmente. El destilador Joseph L. Beam, integrante de una de las familias fundamentales del whiskey estadounidense, participó en aquella aventura fronteriza.
El bourbon también está construido por leyendas. Evan Williams, asociado con los primeros destiladores comerciales de Kentucky, representa los orígenes de la industria; mientras que el reverendo Elijah Craig permanece ligado al mito de las barricas carbonizadas, técnica que hoy resulta fundamental para la categoría.

¿Y qué define actualmente a un bourbon? Debe producirse en Estados Unidos, contener al menos 51% de maíz, respetar límites específicos de destilación y entrar en recipientes nuevos de roble carbonizado. Para denominarse Straight Bourbon, además, necesita al menos dos años de maduración.

Más allá de las reglas, la sesión de Ricardo Cortizo recordó algo esencial: una gran bebida nunca se explica únicamente por su receta. También está hecha de lugares, viajes, personas y leyendas que sobreviven dentro de cada botella.
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