Te contamos todo sobre la reciente edición de Sabores Polanco, checa el terruño que estuvo presente, los restaurantes y lo que nos deja de aprendizaje
Sabor es Polanco ha dejado de ser un simple escaparate para convertirse en el termómetro de la industria en México. En su décima segunda edición, el festival transformó los jardines de Campo Marte en un laboratorio de tendencias donde la frontera entre la cocina, la enología y la coctelería terminó de desdibujarse.
El vino como protagonista
Si algo definió este año fue la curaduría enológica. No solo se trató de descorchar etiquetas, sino de entender el momento que vive el vino en nuestro país. Guanajuato, como estado invitado, demostró que su escena vitivinícola ha madurado con fuerza, presentando etiquetas que destacan por su estructura y ese carácter mineral tan propio de su terruño. Los asistentes pudieron explorar desde tintos de gran guarda hasta blancos vibrantes que están redefiniendo el paladar del centro de México.
Por su parte, Argentina aportó el músculo internacional. Como país invitado, trajo consigo una selección de Malbecs de altura y cortes bordeleses que recordaron por qué sus etiquetas siguen siendo referentes indiscutibles de elegancia y consistencia en cualquier mesa de alta gama.

Un diálogo entre el plato y la barra
Con más de 80 restaurantes en escena, el recorrido se sintió más cohesivo que nunca. No fue una acumulación de degustaciones, sino un ejercicio de maridaje activo. Vimos cómo la coctelería de autor reclamó un lugar de igual a igual con el plato; entre destilados premium y coctelería de diseño, las barras ofrecieron perfiles con bitters artesanales y fermentos de casa que funcionaban como extensiones de la cocina.
Más que un festival, un nodo de la industria
El valor real de Sabor es Polanco 2026 residió en lo que sucede tras bambalinas. Es el punto donde chefs, sommeliers y productores coinciden para perfilar lo que veremos en las cartas los próximos meses.

Es un reflejo de una industria más abierta y colaborativa, donde el lujo ya no se mide por la exclusividad, sino por la posibilidad de descubrir y conectar con propuestas que marcan el rumbo.
Doce ediciones después, el festival confirma que la gastronomía mexicana está en constante evolución y que hoy, el ritmo de esa evolución se dicta desde la copa y la coctelera.
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